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viernes, 7 de noviembre de 2014

La Hacienda Lenca, Intibucá: una buena opción para comer CHOROS

El restaurante La Hacienda Lenca es uno de los refugios del choro en Intibucá. Cuando ya quedan pocos o no quedan, en La Hacienda hay. Y eso se agradece. Sobre todo cuando uno busca y busca y no encuentra...


Recomendados por la muy solícita responsable de la caseta de turismo, Dunia, y la lectora Dulce del Cid, quien en el Facebook del Lempira que come dejó una sugerencia en la crónica que publicamos cuando estuvimos por tan hermosas tierras, la visita a La Hacienda Lenca se hacía casi obligatoria. La presencia de choros en la muy amplia carta (demasiado) significó la puntilla final. 

"¡Genial!, acá cenamos", dijo el Lempira, quien había recorrido durante toda la mañana el mercado de arriba a abajo y de abajo a arriba para encontrar Choros, como contamos en este otro post.

Situado a menos de 100 metros del Parque Central de Intibucá, en la calle de la derecha de la iglesia, La Hacienda Lenca es uno de los restaurantes más conocidos de la zona. Una casa tipo colonial da la bienvenida al comensal. Un amplio arco de entrada y varias salas a los costados con decoración rústica invitan a pasar y acomodarse en el primer rincón que uno encuentra... Sin embargo, si el comensal aguanta las ganas y termina de pasar por el hermoso arco de bienvenida, llegará al patio y a una sala al fondo que permite disfrutar del aire fresco de Intibucá y una decoración agradable. El frondoso patio con vistas al campanario recibe con gusto la visita de la luna cada noche. Vale la alegría el transecto hasta la mesa. Muy lindo!

En la sala del fondo, donde terminó situado el Lempira, varias mesas de madera de Guanacaste y pasa-manteles lencas aportan lo necesario para generar candor en las frescas noches intibucanas. Las lámparas colgadas del techo también ayudan. Bien.


El servicio es agradable y cercano, aunque algo despistado y lento. Tardaron un poco en tomar el pedido y tampoco fueron especialmente dinámicos a la hora de ofrecer platos y contar un poco de ellos. Punto a mejorar. En cualquier caso la comida llegó bien a la mesa y cuando fue preciso reponer las bebidas, los y las meseras estuvieron presentes.

La carta de La Hacienda Lenca es larga. De esas cartas demasiado largas que ofrecen un poco demasiado de todo y de las que ya se ha comentado en numerosas ocasiones, hacen al Lempira dudar. Dudar de la calidad de la comida, porque con tanto producto es imposible que éste sea todo fresco, y dudar del enfoque del restaurante, porque apuntar a todo no es la mejor forma de concretar una oferta atractiva. Si bien, este problema de exceso en las cartas no es exclusivo de La Hacienda, ni mucho menos. De hecho, es algo reiterativo en Honduras. Una oferta breve, pensada y reflexionada por un chef, con recetas atractivas e interesantes (de esas que no es tan fácil reproducir en la casa de uno), productos frescos e ingredientes locales, es lo que se espera de un restaurante y no una sucesión de opciones y opciones reiterativas.

En este sentido, es preciso indicar que La Hacienda, pese a pecar de exceso, sí ofrece una sección al producto estrella de Intibucá y La Esperanza: los choros. Bravísimo! Se ofrecen varias elaboraciones con choros, entre las que destacan los choros asados con limón (elaboración tradicional e indispensable: el sabor desnudo del choro), sopa de res o de pollo con choros, sopa de choros, anafre de quesillo con choros, carne con choros, pollo con choros, a precios que oscilan entre los 90 L. y los 150 L.

Es interesante leer la nota que introduce la carta a la sección de los choros:


Además, la carta propone una cantidad impresionante de platillos de carne asada, cerdo, pollo, tacos en forma de asados familiares y parrilladas mixtas para 2, 3, 4, 5 p y hasta 10 personas en las que ofrece un poco de todo, en función de la parrilla elegida: chorizo, carne de res, de cerdo, pollo, unido a un conjunto de vegetales, cebollinos asados, chismol, frijoles, etc. a precios que van desde los 300 L. hasta los 1600 L. También hay sopas: de pollo, de frijoles con costilla, de vegetales, de capirotazos o de albóndigas sobre los 110 L.

Como platillo poco habitual, destacan los huevos de toro, a las brasas o a la plancha, a 155 L. Todos los platos de asados para una persona, con diferentes cortes de res o de cerdo pueden ser acompañados de diferentes complementos. Los pinchos de distinto tipo, también cuestan en torno a los 150 L.

Por si fuera poco, entradas múltiples: sandwiches de distinto tipo, yuca, hamburguesa, nachos, pupusas, anafres, burritos, tacos, enchiladas, quesadillas, ceviche, plato típico de diferente composición, fajitas, camarones, espaguetis... y así hasta lo que se les ocurra.

En el capítulo bebidas, se ofrecen frescos naturales a 25 L., algunos cócteles a 85 L., y también vino. En genérico, porque no dice nada de qué vino es el que se ofrece. Definitivamente, el servicio de vino brilla por su ausencia, aunque también hay vino "intibucano", elaborado a base de papa (o diferentes frutas) al precio de 200 L. la botella. Las cervezas cuestan 40 L.

El Lempira, ávido de choros y abrumado por la carta, seleccionó 3 elaboraciones con choros: anafre de quesillo y choros, sopa de res con choros y choros asados con limón.


El anafre de choros estaba rico. El quesillo llegó bien fundido y la combinación con los choros resultó bastante agradable. Se lograba transmitir el sabor del choro al quesillo, lo cual es importante. Además, el choro le daba cierta textura semi-crujiente bastante interesante. Si bien, una cosa no gustó al Lempira: el anafre, obviamente, no es un objeto decorativo. Es un recipiente para contener el calor de las brasas del carbón. Si se entrega un anafre sin carbón se convierte en un objeto sin sentido que no cumple con su función principal; pues la gracia radica, precisamente, en que permite mantener caliente el ingrediente principal para que pueda ser degustado con el paso del tiempo. En un restaurante turístico tradicional, al Lempira no le parece correcto que se sirva un anafre no-anafre. Punto a corregir, ya mismo, porque, además, el fresco del ambiente intibucano hace que el quesillo no tarde mucho en endurecerse...

Los choros asados estaban ES PEC TA CU LA RES. Definitivamente la mejor forma de preparar los choros es, simplemente, asándolos y agregándoles un poco de sal, aceite de oliva virgen extra y nada más. Quizás unas gotas de limón... pero nada más. El sabor de las setas hay que sentirlo en plenitud... y los choros tienen mucho que ofrecer. Aunque, sospecha el Lempira, que los servidos no fueran exactamente choros, choros... sino Matambreros (o matambres), una seta de menor tamaño y color amarillo. O, quizás sí fueran choros, congelados. En cualquier caso lo cierto es que estaban muy, muy ricos. Con una textura muy agradable, ligeramente crujientes, y muy sabrosos, de intenso sabor... un ingrediente, definitivamente, mágico.


Desgraciadamente, la sopa de res llegó salada. Bastante salada. Si bien, se intuía que ésta era rica. Un caldo potente, muchas verduras y bastante carne. En ese contexto, como se puede intuir, los choros se perdieron por completo. Parecía una sopa de res a la que añadieron choros... y esa no es la idea. Cuando uno tiene un ingrediente tan destacable, es ese ingrediente el que debe ser protagonista. Y una sopa tan potente no lo permitía.


La impresión general es que en La Hacienda Lenca se quieren hacer las cosas bien, y se consiguen buenos resultados, por ejemplo, en la versión clásica de los choros. Una receta tan sencilla como deliciosa. La que mejor presentó el producto. Falta, quizás, dedicarle más tiempo y pensamiento al resto de las recetas con choros, para que éstos continúen siendo los protagonistas. Por ejemplo, optando por un arroz con choros, un revuelto de huevo y choros, un salteado de choros...

En resumen: un local imprescindible para probar los choros porque cuando no hay en otras partes, allí hay. Buen ambiente, bonita decoración rústica. Algunos cambios mejorarían el resultado final. En cualquier caso es una buena opción. Para repetir.



Categoría "Restaurantes" La Hacienda Lenca, Intibucá
Puntuación
Entorno
7.8
Servicio
7
Servicio Vino
3
Comida
7.4


Puntuación Media
6.8
Relación Calidad Precio
8

martes, 2 de septiembre de 2014

Gastroplan: visitar Intibucá, su mercado, sus lagunas + Receta Ensalada de Espinaca y queso de cabra templado

La reciente visita del Lempira que come al Festival de la Papa de Intibucá (ver aquí) sirvió para visitar el famoso mercado de La Esperanza e Intibucá. Repleto de puestos de verdura y fruta, este mercado es espacialmente atractivo porque los campesinos, campesinas e indígenas lencas residentes en las montañas colindantes acuden los domingos a vender las producciones de sus huertos familiares, y pequeñas fincas.


El espectáculo es digno de ver... por lo que, bien tempranito, a las 05:37 am para ser exactos, el Lempira se levantó de la bonita posada que le dio pernocte, y puso rumbo a las calles situadas a pocos metros de la plaza central. Mujeres y sus hijas ataviadas con pañuelos lencas y cargadas de bultos de diferentes verduras tomaban lugar en las calles. A uno y otro lado se sucedían puestos improvisados sobre el asfalto. Puestos repletos de zanahorias recién extraídas de la tierra, rebosantes de vida, enormes patastes resplandecientes, cebollas amarillas, hermosos lirios (sí, blancos y enormes lirios), espectaculares chiles de distinto tipo, gallinas más grandes y más chicas, chiles dulces verdes, rojos tomates (aunque demasiados del tipo pera "marca" Monsanto), jabones de bola, muchas papas (pero desgraciadamente ninguna criolla, sino de "semilla" holandesa) y maíz blanco (este sí, por fin, criollo).



Tras muchas vueltas para encontrar las mejores opciones de entre las mejores, el Lempira dio con unos brutales tomates rojos enormes: colorados y verdosos a la par, deformes y con magulladuras en su piel. 


- "Por fin", suspiró el Lempira "¡tomates naturales!, ¿a cómo la libra?"
- "A 10 L. se lo voy a dejar"
- "Deme 4 libras, que tienen un aspecto soberbio!"
- "¿Verdad que sí? yo los cosecho."
- "Es usted todo un artista"
- "Que le vaya bien, pues"
- "Un abrazo, volveremos..."

También encontró unas impresionantes espinacas baby. Maravillosamente verdes, con las hojas pequeñas, tiernas y sanas. Compró 3 manojos por 10 L. para preparar una sencilla, nutritiva, y lo que es más importante, deliciosa ensalada de la que detallará la receta al final del post.


Mención especial se merecen la "sipas", tortillas gruesas hechas con maíz tierno amarillo que encontró al escuchar a una vendedora decir "sipaaaas" y mostrar unas tortillas diferentes a las tradicionales. El Lempira no conocía esta elaboración, así que pidió una docena. Se las dieron calentitas, recién hechas, y cuando se la llevó a la nariz, y luego a la boca no lo pudo aguantar. Gritó:

- "¡Estas sipas son ES PEC TA CU LA RES!"


El tiempo transcurrido desde el momento en que el Lempira cerró los ojos para disfrutar del sabor y la textura de la sipa hasta que los volvió a abrir fue suficiente para viajar  por las montañas y lagunas de Intibucá, recorrer los parajes maravillosos desde Siguatepeque hasta La Esperanza, llegar a Marcala,  pasear por Gracias y retornar a la vida. Fue tal el gozo místico del Lempira que al verlo disfrutar comiendo, algún transeúnte se detuvo en el puesto de sipas ávido por probar la magia de aquella mujer, que cada domingo vendía sipas con su hija. En el mismo puesto. Anónimamente.

Y es que aquellas sipas recién hechas, tenían algo. Esa textura tierna y ese sabor a maíz supremamente seductor, pero menos evidente que el de las tradicionales. Más complejo, rico en matices... eran bárbaras.


Por no hablar de la increíblemente deliciosa cuajada que encontró el Lempira a pocos metros del puesto de sipas. Cuajadas recién hechas, envueltas en tusas de maíz. Nunca había visto el Lempira una cuajada tan tierna, tan fresca y tan jugosa como aquella. Recordó inmediatamente las palabras de Carlos Guerra, el particular cheese-maker hondureño: "el requesón que sale de la producción de cuajada es mejor que el ricotta de Italia" (entrevista completa aquí). Desde luego, no le falta razón. Esa cuajada era, simplemente, de 10. Excelsa. Estaba tan buena que se comió todas las sipas, con 2 cuajadas...



Todo un Hit el mercado de Intibucá... lástima que la búsqueda de "Choros" fuera infructuosa, pese a que se hicieran todos los intentos. Al parecer los choros únicamente se encuentran en mayo y junio... Fuera de dichos meses, sí es posible encontrar los llamados "Matambreros", o "Matambres", que son hongos de color amarillo, algo más chicos que los choros, y según dicen, igualmente deliciosos.

Tras mucho preguntar de puesto en puesto, el Lempira dio Don Cayetano, la persona que suele traerlos. No tenía ese día, aunque dijo que para septiembre intuía una gran producción, en cantidad y calidad. Ojalá podamos acercarnos entonces.



Además de la visita al mercado, Intibucá vale una alegría por el paisaje lleno de lagunas, los productos textiles que se realizan artesanalmente, los vinos de frutas (ya hablaremos del vino de arrayán, que fue el más aceptable), el café y alguna que otra delicia no tan bien aprovechada. Y esto porque pese a la existencia de un mercado de productos de tanta calidad, no sintió el Lempira que se tradujera en una oferta especialmente atractiva basada en productos locales y frescos en los diferentes restaurantes. Si bien, y ya lo contaremos en otro post, sí pudo catar los famosos choros (aunque quizás fueran congelados, o quizás "matambreros") y disfrutar de su sabor y espectacular textura en 3 elaboraciones diferentes en al restaurante La Hacienda.

No tiene precio ir a la Laguna de Chiligatoro y tomarse un café, acompañado de estas semitas de maíz. Marina y Serafina son las encargadas del puesto (y dicen que hacen unas ricas enchiladas lencas... tocará repetir para comprobarlo!).

Por último, el Lempira quiere comentar que Dunia, la responsable del puesto de Información Turística es fenomenal en su trato y recomendaciones. Todas ellas acertadísimas. Si viajan, no duden en pedir información por ahí!


Receta de Ensalada de Espinaca Baby con Queso de Cabra templado

Ingredientes para la ensalada:
- Un manojo de espinacas baby (si no encuentran espinacas baby prueben con rúcula, quintoníl, o berro. No utilicen la espinaca de hoja dura, porque su sabor es demasiado potente y su textura en crudo es desagradable)
- Una cucharada sopera de piñones (sí son caros, pero vale la pena. En cualquier caso, pueden sustituirlos por nueces ligeramente picadas)
- Un tomate maduro
- Una cucharada sopera de uvas pasas
- Sal al gusto, y una pizca de pimienta.
- 2 trozos de queso de cabra (se puede utilizar queso tipo Feta griego, o los rulos de queso de cabra), panko (o pan rallado) suficiente para untar los trozos de queso y aceite de girasol para freir.

Ingredientes para la vinagreta:
- Tres cucharadas soperas de Aceite de Oliva Virgen Extra (sí, es caro, pero vale la pena)
- Una cucharada sopera de Vinagre balsámico de Módena (sí, es caro, pero vale la pena)
- Una cucharada sopera de miel

Preparación:
- Mezclar los ingredientes de la vinagreta en un recipiente. Reservar.

- Lavar bien el manojo de espinacas. Seleccionar las hojas más tiernas y situarlas en un papel absorbente.

- Cortar en trozos el tomate.

- En un recipiente grande colocar las hojas secas de la espinaca y añadir los trozos de tomate, los piñones, las uvas pasas y agregar sal.

- En una sartén calentar (a 170 C) el aceite de girasol necesario para freír 2 trozos de unos 5X2 centímetros de queso Feta griego (si utilizas queso de cabra en rulo, podés optar por cortar varias rodajas de 2 cmts y calentarlo al horno por unos minutos, o bien proceder a freirlos del mismo modo que se detalla seguidamente, utilizando en lugar de la salmuera del queso feta, un huevo batido).

- Mojar los trozos de queso Feta en su propia salmuera y cubrir de panko (o pan rallado). Apretar un poco para que el pan rallado o el panko quede adherido al queso. También se puede utilizar huevo batido en lugar de la salmuera del queso.

- Freir ligeramente, hasta que el panko quede tostado. Este paso es delicado. La idea es que quede ligeramente calentito el queso dentro de un crujiente de panko o pan rallado. La operación debe ser rápida: introducir el queso unos segundos, darle la vuelta otros segundos y listo.

- Nota importante: si la temperatura del aceite es baja, se mojará demasiado el pan rallado y perderás el queso porque éste se derritirá. Si la temperatura del aceite es demasiada, quemarás el pan rallado. Si uno se pasa de tiempo en el aceite, pasarán las dos cosas descritas. Hay que tener cuidado en este paso.

- Situar los trozos de queso fritos en un papel absorvente y, mientras tanto, mezclar la vinagreta de miel con la ensalada. Probar, rectificar de sal, aceite o vinagre y añadir una pizca de pimienta recién molida.

- Situar sobre la ensalada condimentada los dos tozos de queso calentitos.

Disfrutar!